martes, 7 de junio de 2011

Carta de Jesus a un Joven


Carta de Cristo
Autor:



Mi querido amigo (a):


Hoy quiero escribirte porque quiero conversar contigo... Sí, quiero hablarte con la voz del corazón y escuchar la voz del tuyo. Hace tiempo que te estoy esperando; sé que mantienes muchas cosas entre manos, que no tienes tiempo... pero, mi amor por ti es superior a todo lo que tengas que hacer, y por eso, hoy decidí escribirte.

Ah, se me había olvidado decirte quién soy; pero ¿no es verdad que tu ya sabes quién es el que te escribe?

Soy yo, Jesús, el hijo de María, tu amigo y salvador.

Dime amigo: ¿te cuesta creer? Para mí es tan importante contar con tu fe, porque quiero que me hagas presente vivo entre los hombres. ¿Te gustaría participar conmigo en esta gran misión de salvar la humanidad y llevar mi amor a los hermanos?

A mis amigos les he dicho que yo soy "La luz del mundo", pero, ¿sabes una cosa? Yo te necesito a ti para disipar tantas sombras que oscurecen la vida de los hombres.

¿Acaso no te das cuenta que el pecado ha enceguecido muchas mentes y endurecido muchos corazones? 

Y... ¿tú mismo, no tienes la experiencia de la oscuridad en tu propia vida? ¿Quieres entonces, que compartamos hoy de tú a tú, esa situación tuya que te quita la paz e impide tu crecimiento interior?

¿Qué es lo que te está destruyendo, qué te pasa? Acaso ¿la impureza..., la incredulidad..., el egoísmo..., la mentira..., el desamor..., ha manchado tu juventud y por eso te sientes inquieto? Háblame con toda confianza, pues quiero ayudarte, brindarte mi amor misericordioso y sanarte con mi gracia.

Al decirle un día a mis amigos que mi Cuerpo era verdadera comida y mi Sangre verdadera bebida, muchos dieron un paso atrás y rompieron su amistad conmigo. Al preguntarle a los doce si también querían dejarme, Pedro me contestó: "Señor, ¿a quién iremos? Sólo tú tienes palabra de vida eterna".

Ahora dime tú, amigo (a), que eres joven y amas la vida ¿qué estás haciendo con tu juventud? ¿qué es lo que buscas? ¿qué es lo que anhelas?

Háblame, aquí estoy para escucharte... ánimo... No tengas miedo..., Yo estoy contigo. Yo he vencido la muerte y el dolor. Tu corazón puede descansar seguro en el mío, porque sólo quiero que tengas vida y la tengas en abundancia; para esto me envió mi Padre, que es también tu Padre; Él te ama tanto que me envió para salvarte... ¿Te das cuenta cuan inmenso es el amor de Dios por ti? Esta carta me está saliendo un poco larga, ¡pero créeme que estoy feliz comunicándome contigo! 

Perdóname, pero quiero hacerte una pregunta, la misma que un día le hice a un amigo: "Pedro... ¿me amas? ¿como me lo aseguras? ¿Por qué no examinas un poco tu comportamiento con los hombres, mis hermanos, antes de responderme?

¡Gracias! Un millón de gracias por escucharme... por lo que me has confiado... y también por la respuesta que acabas de dar.

No olvides nunca que si te sientes cansado o triste, puedes contar conmigo, yo te aliviaré... Eso sí, trata de aprender de mí que Soy manso y humilde de corazón...

Bueno, hasta pronto, saludes a los tuyos, a todos los que amas... Diles que siempre los estoy esperando, porque mi amor por ti es eterno y no se agota jamás.

Para ti la fuerza de mi amor y el de mi Padre que es el mismo... 

No me olvides nunca... "Yo jamás te abandonare"

Tu amigo de siempre: 

Jesucristo
(Espero tu respuesta)

martes, 26 de abril de 2011

Historia del Santo Rosario


EL ROSARIO

Dentro del culto a la Santísima Virgen María no podemos dejar fuera la devoción del Santo Rosario.

La palabra “rosario” viene del latín que significa guirnalda de rosas, siendo que la rosa es una de las flores utilizadas para simbolizar a la Virgen María.

Si se preguntara cuál objeto específico es el más característico de un Católico, seguramente que el Rosario fuera el más destacado. Muy frecuente es la escena de la viejita pasando las cuentas de su rosario en un banco de la iglesia, o el rosario grande colgado del cinturón de un monje y, más recientemente, el rosario colgando del espejo retrovisor del carro de algún devoto de la Virgen.

Lamentablemente, a partir de la década de los años 1960, decayó la devoción del Rosario, cosa que sucedió también con la devoción a la Santísima Virgen María. Pero recientemente ha cambiado esta tendencia: el Rosario ha resurgido, por así decirlo: está “de moda”.



Origen del Rosario


Se dice que el Rosario fue instituido por Santo Domingo de Guzmán, el fundador de la Orden de Predicadores, conocidos como los Dominicos. Pero, sin quitarle a Santo Domingo su aporte, el origen remoto del Rosario es anterior a Santo Domingo.

De hecho, siglos antes de este Santo fundador, los monjes recitaban de manera regular todo el Salterio (la colección de 150 Salmos de la Sagrada Escritura). Pero sucedía que los hermanos legos que formaban parte de las comunidades monacales era analfabetos y no podían leer los Salmos. Para ellos se ideó una forma de oración que pudiera ser fácilmente memorizable.

La primera oración que se escogió para repetir unas 50 o 100 veces, dependiendo de las circunstancias, fue el Padre Nuestro. A raíz de este ejercicio repetitivo y para facilitar el conteo, surgió en Inglaterra un gremio de artesanos especializados en fabricar lo que hoy conocemos como un rosario. De hecho, hay en Londres una calle llamada “Pater Noster Row” (Hilera de Padre Nuestros), la cual recuerda la zona en que estos artesanos fabricaban estas cuentas.

Los rosarios que fueron originalmente utilizados para contar los Padre Nuestros, a partir del Siglo XII fueron utilizados para comenzar a contar “Salutaciones Angélicas”, que eran la primera mitad de lo que hoy conocemos como el Ave María. (“Jesús” y la segunda parte de esta oración fue agregada algún tiempo después, en 1483). Cada Ave María se seguía con la alusión de un pasaje evangélico en forma de jaculatoria, las cuales llegaron a ser unas 300.

¿Cuál es, entonces, el verdadero aporte de Santo Domingo de Guzmán? El Rosario, como hoy lo conocemos, surgió en el Siglo XV y se hizo muy popular por la predicación de un Sacerdote Dominico, Alan de Rupe (+1475). La creencia de que la devoción del Santo Rosario fue revelada a Santo Domingo (+1221) se basaba en una visión de Rupe sobre Santo Domingo y el Rosario.

La historia cuenta que la Santísima Virgen se le apareció a Santo Domingo mostrándole una bella guirnalda de rosas, pidiéndole que rezara diariamente el Rosario y que enseñara a la gente a rezar el Rosario.

En 1521 el Rosario fue simplificado por el dominico Alberto de Castello, quien escogió 15 pasajes evangélicos (los que ahora conocemos como 15 misterios). Luego el Papa San Pío V (1566-1572) definió mediante una bula el Rosario como lo conocemos hoy.

Y en nuestra época el Papa Juan Pablo II revitalizó el Rosario, añadiendo a los 15 Misterios ya conocidos, 5 Misterios más, referidos a la vida pública de Jesucristo. En la Carta Apostólica “El Rosario de la Virgen María” defiende y promueve esta práctica oracional mariana, además de presentar una amplia sustentación bíblica y teológica para esta devoción, intentando estimular a los Católicos a utilizarla más extensivamente y mostrando a los no-Católicos la bondad de esta oración.



domingo, 3 de abril de 2011

Beatificación y Canonización, Beatificación de Juan Pablo II

Autor: Vicente Cárcel Ortí
¿Qué es una beatificación y una canonización?
La canonización es un acto solemne del magisterio: ordinario pontificio que se extiende a toda la Iglesia y obliga a todos los católicos a creer en ella.

¿Qué es una beatificación y una canonización?
¿Qué es una beatificación y una canonización?



La declaración de santidad podemos decir que es tan antigua como la misma Iglesia. En los primeros siglos esta declaración se hacía de una manera sencilla y casi espontánea respecto a los mártires, y luego también respecto a los confesores ya las vírgenes. Brotaba del sentido de la fe del pueblo, de la vox populi, que luego era aceptada por la jerarquía de la Iglesia. Los primeros papas y los cristianos que murieron víctimas de las persecuciones que los emperadores romanos desencadenaron contra ellos hasta principios del siglo IV fueron reconocidos como mártires. El Concilio Vaticano II explica esta actuación de la Iglesia en la Lumen gentium, n. 50.


Con el paso del tiempo ha evolucionado el proceso para la declaración de santidad. A partir del siglo X se pedía con frecuencia la aprobación del Papa, y desde el siglo XIII se reservó exclusivamente a él. Los papas Urbano VIII y, sobre todo, Benedicto XIV en el siglo XVIII, establecieron las normas que han de seguirse en las dos fases de que consta la declaración de santidad: la beatificación y la canonización, ambas reservadas al romano pontífice.


Para hacer una aclaración objetiva sobre las consecuencias que una cosa y otra -la beatificación y la canonización de un cristiano- entrañan para la vida de cada uno de nosotros, nada mejor que analizar el ritual de cada uno de estos actos, y la praxis oficial de la Congregación para el Culto Divino en la regulación del culto, sin entrar en la diversidad de prácticas canónicas que han existido, a través de la historia de la Iglesia para estas cuestiones, limitándonos estrictamente textos actuales.


Todos tenemos experiencias de personas que suscitan, incluso en vida, nuestra admiración veneración. Muchos recordamos en nuestras diócesis, ciudades o pueblos, personas concretas, tanto religiosos como seglares que, según la opinión general de la gente vivieron como santos y decimos de ellos: fue un "santo". En otros casos, la veneración queda más reducida al grupo de los que conocen directamente a la persona; es el caso de los fundadores de una congregación religiosa.


En otros casos, además, hay el hecho de los cristianos que han manifestado su fe con la donación de su vida a la causa del Señor: son los mártires.


Es normal que este sentimiento que se tiene en vida hacia una persona se quiera mantener después muerte. Al fin y al cabo, el recuerdo es una de las cosas que todos deseamos, y la Sagrada Escritura lo considera como una de las características del justo: «El justo será siempre recordado».


De aquí puede nacer simplemente el mantenimiento cordial del recuerdo entre los conocidos, como hacemos con las personas de nuestra familia, o puede nacer -si el recuerdo es notable y extenso- el de que sea conservado de una manera pública en la Iglesia.


Así se origina el proceso a través del cual se espera que se pueda llegar a que el cristiano que se recuerda sea propuesto oficialmente como testimonio de vida cristiana.


¿Qué es, pues una «beatificación»? Es una primera respuesta oficial y autorizada del Santo Padre a las personas que piden poder venerar públicamente a un cristiano que consideran ejemplar, con la cual se les concede permiso para hacerlo. La fórmula se dice precisamente en respuesta a la petición hecha por el obispo de la diócesis que ha promovido el proceso. La «beatificación» no impone nada a nadie en la Iglesia. Pide, eso sí, el respeto que merece una decisión del Papa, y el que merece la piedad de los hermanos cristianos. Por esto la memoria de los beatos no se celebra universalmente en la Iglesia, sino solamente en los lugares donde hay motivo para hacerlo y se pide. Incluso en estos casos, excepto cuando se trata del fundador de una congregación, o de un patrono, o de la Iglesia donde está enterrado, la memoria es siempre libre y no obligatoria, para respetar el carácter propio de la beatificación. La fórmula de la beatificación puede proclamarla otro distinto del Papa, por ejemplo, un cardenal, en nombre suyo. Así se hacía habitualmente hasta los tiempos de Pablo VI, que empezó a hacer personalmente las beatificaciones.


Para la beatificación de un mártir es suficiente la declaración oficial de su martirio por parte de la Iglesia, por ello no se requiere ni el proceso de virtudes heroicas ni tampoco el milagro, que, en cambio, se exige para la canonización. En el caso de los nueve mártires de Turón y del hermano Jaime Hilario Barbal Cosán, fue presentada para su canonización -que tuvo lugar en el Vaticano el 21 de noviembre de 1999- la curación milagrosa de Rafaela Bravo Jirón, de veinticinco años, natural de León (Nicaragua), maestra, a la que se le detectó un tumor altamente maligno en el útero, incurable con medios científicos, porque el tumor era necrótico y sangrante y la infiltración llegaba hasta los huesos; por ello tuvieron que extirparle el útero y dada la gravedad de la situación, los médicos no le daban más de cinco años de vida. Precedentemente dicha señora había sido hospitalizada cuatro veces a causa de otros tantos episodios abortivos incompletos. El mismo día de la beatificación de los citados mártires (domingo 29 de abril de 1990), y después de haber pedido con gran fe y devoción su invocación mediante dos novenarios de oraciones, repentinamente la enferma sufrió tremendos dolores en el bajo vientre con expulsión desde la vagina de un coágulo lleno de sangre. Inmediatamente sintió una notable mejoría, que prosiguió en los meses y años sucesivos hasta llegar a su curación completa, sin que los médicos hayan podido explicarlo científicamente. La señora Bravo Jirón atribuye todo esto a la Intercesión de los Hermanos de la Salle, mártires que el Papa estaba beatificando en Roma. Diez años después, la enferma se encuentra totalmente restablecida y la curación total, perfecta y duradera ha sido considerada milagrosa, es decir, inexplicable desde el punto de vista científico, tanto por los médicos que han tratado a dicha señora en Nicaragua como por el colegio de médicos que ha examinado el caso en el Vaticano. De este modo se ha conseguido en poco tiempo la primera canonización de los primeros mártires de la persecución religiosa española, que son, al mismo tiempo, los primeros santos españoles del siglo XX.


Los textos litúrgicos de la canonización son distintos de la beatificación. Además, es el Papa quien actúa en persona. La petición no la formula un obispo individualmente -es decir, el obispo de la diócesis en la que se ha hecho el proceso canónico, que suele ser la del lugar en el que ha muerto el santo- sino "la Santa Madre Iglesia", y, en su nombre, el prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos. El Papa pronuncia la fórmula solemne de la canonización en estos términos: «Para honor de la Santísima Trinidad, para la exaltación de la fe católica y el incremento de la vida cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, y la nuestra, después de haber reflexionado intensamente, y de haber implorado asiduamente el auxilio de Dios, siguiendo el consejo de muchos hermanos nuestros en el episcopado, declaramos y definimos como santo/a el/la beato/a N., y lo/la incluimos en el catálogo de los santos, estableciendo que éste/a ha de ser honrado/a en toda la Iglesia entre los santos con piadosa devoción. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.»


No se trata, pues, de un "facultad", sino de una propuesta que hay que aceptar: "ha de ser honrado/a en toda la Iglesia". La canonización es un acto solemne del magisterio: ordinario pontificio que se extiende a toda la Iglesia y obliga a todos los católicos a creer en ella.

lunes, 7 de febrero de 2011

Consejos para una mejor celebracion eucaristica

MEJORAR LA MISA

1. Antes de la misa

Hemos de llegar con tiempo suficiente, evitando incorporarnos a la misa ya empezada. A las citas importantes no llegamos tarde, y la misa no tiene menos importancia que el cine o cualquier compromiso social en los que cuidamos la puntualidad.
Prepararnos interiormente, serenando el espíritu y tratando de liberarnos de agobios y prisas para poder estar realmente presentes en la celebración.
Cuidar el silencio y ayudar a que los demás lo cuiden. Aunque no haya empezado la misa, estamos en un lugar de oración y los demás necesitan de nuestro silencio. Por supuesto, apagar el teléfono móvil.

2. Las posturas durante la misa

Es importante que expresemos la unión de fe a través de la unidad de posturas, que son las siguientes:
- De pie cuando entra el celebrante en la procesión de entrada.
- Sentados para escuchar las lecturas no evangélicas.
- De pie en el «Aleluya» y durante la lectura del Evangelio, como señal de respeto ante los textos más importantes de la Palabra de Dios.
- Sentados durante la homilía y el silencio que debe seguir a ella.
- De pie para el «Credo» y la «Oración de los fieles».
- Sentados durante el ofertorio.
- De pie al terminar el ofertorio, cuando el sacerdote termina de lavarse las manos y va a decir: «Orad, hermanos...».
- De rodillas en la consagración: desde el momento en el que el sacerdote extiende las manos sobre las ofrendas hasta que baja el cáliz después de mostrarlo. Seguimos de pie hasta que termine la Comunión.
- De pie al recibir la comunión.
- Sentados al concluir la Comunión.
- De pie para la «Oración final», la bendición y durante la salida del celebrante.

3. Las oraciones

Hay que procurar acomodar el ritmo de las distintas oraciones, de forma que toda la asamblea rece a la vez, evitando ir desacompasados. Es la unidad de las voces que expresa la unidad en la misma fe de todos los corazones.

4. El canto

El canto es un elemento importante de la liturgia; por eso debemos prestarle el máximo interés. Tanto si hay coro como si sólo canta la asamblea, todos hemos de participar de la mejor manera que sepamos, utilizando las hojas o libritos de que podamos disponer.
Hemos de tratar de ser fieles a la melodía de cada canto, dándole su ritmo adecuado y el estilo propio. No es lo mismo un canto jubiloso como el Aleluya que un canto meditativo o una petición de perdón.
Hay que prestar atención a las intervenciones en forma de aclamación que, como tales, deberían ser cantadas: El «Santo», la aclamación después de la consagración y el «Amén» al final de la plegaria eucarística.

5. El acto penitencial

Al comienzo de la misa, el sacerdote invita a los fieles a reconocerse pecadores. No se trata de hacer examen de conciencia, sino de realizar un humilde reconocimiento de nuestra condición de pecadores.
El uso excesivo del primer modo de este acto penitencial (que incluye el «Yo confieso») no debe hacernos olvidar los otros dos, sobre todo el segundo: «Señor ten misericordia de nosotros» — «Porque hemos pecado contra ti». «Muéstranos, Señor, tu misericordia» — «Y danos tu salvación».

6. La Palabra de Dios

Las lecturas se leen para que se escuchen; no basta con oírlas simplemente. Por eso es importante que los lectores las proclamen con claridad y respeto, expresando así que lo que se lee no es cualquier palabra sino la Palabra de Dios. Cuidando de manera especial el Salmo responsorial, que debe ser proclamado con ritmo meditativo y poético, a la vez que se facilita la respuesta de la asamblea dejando el tiempo suficiente.
Hay que evitar los lectores improvisados. Si alguien puede prestar el servicio litúrgico de proclamar la Palabra, convendría que prepare la lectura previamente en su casa sirviéndose de algún misal. Antes de la misa debería brindarse al sacerdote, para no tener que recurrir a los «espontáneos» y, si es posible, repasar de nuevo las lecturas.
El que lee comienza proclamando el texto que va a leer (por ejemplo: «Lectura del profeta Isaías»), hace la lectura y termina con la aclamación «Palabra de Dios». No debe decirse nada más (como «primera lectura», «salmo responsorial», etc.), ni cambiar nada (como «es Palabra de Dios»).
La homilía no debería ser un momento de estricto cumplimiento del sacerdote y la asamblea. A veces da la impresión de que el celebrante predica porque no le queda más remedio y los que asisten se limitan a oír sin escuchar aguantando un sermón. El que predica debería hacerlo desde la fe de la Iglesia que él mismo vive intensamente; y los que escuchan deberían atender con la intensidad que pone el que recibe un mensaje de vital importancia para él.

7. La consagración

La postura habitual durante la consagración es de rodillas, salvo que exista impedimento normal de salud o espacio que lo impida. En ese caso, sería de desear colocarse en un lateral del templo o hacia el final, evitando formar una barrera que dificulte la visibilidad de los demás.
El momento en el que se está de rodillas es estrictamente el de la consagración y la elevación, de manera que hay que arrodillarse después de que el sacerdote extienda las manos sobre las ofrendas, no al terminar el «Santo», y levantarse después de la elevación del cáliz, sin esperar a la aclamación «Este es el sacramento de nuestra fe».
Sería de desear conocer las tres aclamaciones que se pueden hacer en este momento, para poder variarlas según los diversos tiempos litúrgicos:
1) «Este es el sacramento de nuestra fe» - «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús.
2) «Aclamad el misterio de la redención» - «Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas».
3) «Cristo se entregó por nosotros» - «Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor».

8. El amén

Una de las palabras más importantes de la liturgia es «Amén», con la que expresamos nuestro asentimiento de fe. La plegaria eucarística, que incluye la consagración, es el momento más importante de la misa y concluye con una solemne alabanza a la trinidad: «Por Cristo, con él y el él, a ti Dios Padre omnipotente...». Esta alabanza la dice, o la canta, el sacerdote, no los fieles. Y como respuesta toda la asamblea responde solemnemente: «Amén».

9. El gesto de la paz

Antes de la comunión el sacerdote da la paz del Señor a todos los fieles. Ése es propiamente el rito de la paz. Pero el sacerdote puede (no es obligatorio) invitarnos a darnos la paz usando la fórmula: «La paz contigo» - «Y con tu espíritu». Pero se trata de un simple gesto de poca importancia; por tanto sólo debe darse la paz al que está a nuestro lado, a la derecha y a la izquierda. De ningún modo hay que dar la paz a los del banco de atrás ni, mucho menos, salir del banco para saludar a los que están a la otra parte del pasillo. Mientras nos entretenemos en un gesto secundario perdemos un gesto fundamental que es el de la fracción del pan, algo tan importante que daba nombre a la celebración de la eucaristía en los comienzos de la Iglesia. Y, además, no es un gesto que se realiza automáticamente cuando el sacerdote dice: «La paz del Señor esté siempre con vosotros», de modo que nos damos la paz sólo después de que el sacerdote concluya la invitación a hacerlo.

10. La comunión

Recibir la comunión tiene su importancia, de modo que no podemos tener la actitud del que se pone a la «cola» para comprar el pan o sacar unas entradas. Se trata de una procesión en la que la asamblea se acerca solemnemente a la mesa del Señor a recibir su Pan. Por eso deberíamos estar todos de pie y formar una fila ordenada hacia donde está el ministro distribuyendo la comunión, evitando colocarnos al lado del que está comulgando, con lo que le dificultamos el regreso. Debemos colocarnos detrás de él y esperar a que salga de la fila por el lado que menos moleste a los que están detrás.
Antes de comulgar debemos hacer un gesto de adoración, como una inclinación profunda o genuflexión. Pero no debe hacerse ningún gesto en el momento de recibir la eucaristía, como inclinación de cabeza, santiguarnos, etc. Este signo de adoración debe hacerse antes, mientras comulga el que va delante.
La comunión se recibe normalmente de pie, y podemos elegir comulgar en la boca o en la mano. Si vamos a comulgar en la mano lo debemos expresar claramente para que el sacerdote lo vea, extendiendo la palma de la mano izquierda y colocando la derecha debajo (los zurdos al revés). Una vez el sacerdote ha depositado el cuerpo del Señor en la mano, allí mismo e inmediatamente se consume delante del celebrante.

11. Salida

Hay que evitar las prisas al salir, dando la impresión que estamos deseando dejar algo desagradable. La celebración eucarística termina con la despedida que hace el sacerdote. Sólo debemos empezar a salir cuando el sacerdote haya salido del templo.
Si hemos vivido la misa de verdad, lo normal es que nos quedemos un momento en silencio y oración para dar gracias a Dios y profundizar espiritualmente en lo que hemos celebrado y recibido.
Evitemos dar limosna a los mendigos de la puerta. Aunque nuestra intención sea buena, en el fondo lo normal es que hagamos este gesto, no tanto por caridad sino para justificarnos. La auténtica caridad consistiría en ayudar eficazmente a esos mendigos en lo que necesitan de verdad; y, si no somos capaces de hacerlo, mejor sería que aportásemos una ayuda económica mayor a quienes pueden hacerlo. Con nuestra pequeña limosna a los mendigos no les ayudamos a ellos y creamos un serio problema a los demás.

12. Después de la misa

Aunque la misa haya terminado materialmente, sus frutos deberían prolongarse a lo largo de toda nuestra vida. Para ello hemos de procurar conservar interiormente la gracia de Dios que hemos recibido, evitando actuar como quien acaba de realizar cualquier acto profano que se olvida enseguida.

EUCARISTIA FUENTE Y CENTRO DE TODO CREYENTE

lunes, 22 de noviembre de 2010

Ayuda para una Hora Santa Juvenil

Introducción: Nos ponemos en presencia de Dios, con un corazón arrepentido para ello podemos cantar un canto penitencial que sepas o puedes hacer con tus palabras una oración pidiendo arrepentimiento y perdón.La eucaristía es el sacramento de la comunión con Jesús en la tierra: "quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él " Jn 6,57-58


Jesús permanece para siempre en la sagrada Eucaristía con una presencia personal y sustancial. Jesús es el mismo en la Ultima CENA y en el sagrario. En aquella noche los discípulos habían gozado de la presencia palpable de Jesús, que se había entregado a ellos en la intimidad del cenáculo .Había estado a su disposición solícito y emotivo para todos. Su presencia en aquellos momentos era de un valor excepcional para ellos: la del amigo que se despide de sus íntimos.

1º. `` Venid a mi, todos los que están afligidos y agobiados, dice el señor``

Momento de perdón: Oración espontanea (5 Minutos)
Canto: Oración del Pobre (5 minutos)
Momento de silencio. (5 minutos)

``Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.
dice el señor``

Momento de acción de gracias. Oración espontanea (5 Minutos)
Silencio Instrumental (5 Minutos)
Silencio (5 Minutos)
Canto Opcional…

``Yo soy el buen Pastor conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí
y yo doy la vida por mis ovejas, dice el señor``

Contemplación: La Pausa que Cristo quiere (Ejercicios Espirituales de San Ignacio) (7 minutos)

Canto: Pan de Vida
Silencio Reflexionando la Frase Dicha primero. (8 minutos)

``Jn. 17,9 Yo ruego por ellos. No ruego por el mundo,
sino por los que son tuyos y que tú me diste, dice el señor``

Ofrecimientos de la Pastoral Juvenil a Jesus Sacramentado (10 minutos)
Oraciónes de Cada Representante de Grupo o de cualquier persona. 15 minutos
Canto: Señor Vale la Pena u otro

Oración de despedida
Canto de despedida: Gloria de Martin Valverde

miércoles, 10 de noviembre de 2010

El Santisimo Sacramento del Altar

El Santísimo Sacramento, la Luz del mundo

Como el sol es la fuente natural de toda energía, el Santísimo Sacramento es la fuente
sobrenatural de toda gracia y amor.

Autor: Rev. Martín Lucía
Fuente: Catholic.net

Unos meses antes de su muerte el Obispo Fulton J. Sheen fue entrevistado por la televisión nacional: "Obispo Sheen, usted inspiró a millones de personas en todo el mundo. ¿Quien lo inspiró a usted? ¿Fue acaso un Papa?". El Obispo Sheen respondió que su mayor inspiración no fue un Papa, ni un Cardenal, u otro Obispo, y ni siquiera fue un sacerdote o monja. Fue una niña china de once años de edad.

Explicó que cuando los comunistas se apoderaron de China, encarcelaron a un sacerdote en su propia rectoría cerca de la Iglesia. El sacerdote observó aterrado desde su ventana como los guardias penetraron en la iglesia y se dirigieron al santuario. Llenos de odio profanaron el tabernáculo, tomaron el copón y lo tiraron al suelo, esparciendo las Hostias Consagradas. Eran tiempos de persecución y el sacerdote sabía exactamente cuantas Hostias contenía el copón: Treinta y dos.

Cuando los guardias se retiraron, tal vez no se dieron cuenta, o no prestaron atención a una niñita que rezaba en la parte de atrás de la iglesia, la cual vió todo lo sucedido. Esa noche la pequeña regresó y, evadiendo la guardia apostada en la rectoría, entró en la iglesia. Allí hizo una Hora Santa de oración, un acto de amor para reparar el acto de odio.

Después de su hora santa, se adentró al santuario, se arrodilló, e inclinándose hacia delante, con su lengua recibió a Jesús en la Sagrada Comunión. (en aquel tiempo no se permitía a los laicos tocar la Eucaristía con sus manos).  La pequeña continuó regresando cada noche, haciendo su Hora Santa y recibiendo a Jesús Eucarístico en su lengua. En la trigésima segunda noche, después de haber consumido la última Hostia, accidentalmente hizo un ruido que despertó al guardia. Este corrió detrás de ella, la agarró, y la golpeó hasta matarla con la culata de su rifle.

Este acto de martirio heróico fue presenciado por el sacerdote mientras, sumamente abatido, miraba desde la ventana de su cuarto convertido en celda. Cuando el Obispo Sheen escuchó el relato, se inspiró en tal grado que prometió a Dios que haría una Hora Santa de oración frente a Jesús

Sacramentado todos los días, por el resto de su vida. Si aquella pequeñita pudo dar testimonio con su vida de la Real y hermosa Presencia de su Salvador en el Santísimo Sacramento, entonces el obispo se veía obligado a lo mismo. Su único deseo desde entonces sería, atraer el mundo al Corazón Ardiente de Jesús en el Santísimo Sacramento.

La pequeña le enseñó al Obispo el verdadero valor y celo que se debe tener por la Eucaristía; como la fe puede sobreponerse a todo miedo y como el verdadero amor a Jesús en la Eucaristía debe trascender a la vida misma. Lo que se esconde en la Hostia Sagrada es la gloria de Su Amor. Todo lo creado es un reflejo de la realidad suprema que es Jesucristo. El sol en el cielo es tan solo un símbolo del hijo de Dios en el Santísimo Sacramento.

Por eso es que muchas custodias imitan los rayos de sol. Como el sol es la fuente natural de toda energía, el Santísimo Sacramento es la fuente sobrenatural de toda gracia y amor.

JESÚS es el Santísimo Sacramento,
la Luz del mundo.

viernes, 22 de octubre de 2010